Naom Chomsky manifiesta con
acierto que la guerra mundial que se está desarrollando en nuestro planeta es
la de lo PRIVADO contra lo PÚBLICO, es decir (y simplificando) la de las
corporaciones contra los Estados de Bienestar (aunque estos sean incipientes o incompletos).
Esta guerra tendría su punto de
partida en la segunda mitad de la década del 70 cuando empieza el predominio de
las finanzas sobre la producción de bienes, y sus expresiones más concretas son
las políticas económicas llevadas a cabo por Margaret Thatcher en Reino Unido y
Pinochet en Chile (también la política de Martinez de Hoz, aquí, aunque con
matices).
Este fenómeno implicó el
retroceso sostenido de la intervención estatal en la economía y los servicios
básicos a favor de la esfera privada, esquema que se vió fortalecido con el
derrumbe del mundo soviético a partir del año 1989 (aunque paralelamente se
produjo la paulatina pero firme deslocalización industrial de los países
centrales hacia la periferia, aspecto que tuvo y tiene beneficios y perjuicios
que no analizaremos en esta nota).
La crisis de las hipotecas que se
produjo en los años 2007-2008 llevó a los bancos centrales a inyectar en el
mundo desarrollado ingente cantidades de dinero líquido, pero esos fondos no
fueron a reforzar el sistema estatal si no a salvaguardar la solidez del
sistema bancario privado y esta crisis sirvió de excusa para reducir en forma
concreta los gastos estatales en salud, educación y servicios sociales dentro
de la Unión Europea, es decir que implicó un reforzamiento de la tendencia
hacia el dominio del mundo privado sobre los Estados - podríamos afirmar como
excepción que EEUU propició un sistema de cobertura médica universal, el
llamado Obamacare, que se concretó a medias y resultó una pequeña batalla
ganada para el lado de lo público – especialmente utilizando el mecanismo de la
deuda externa como fórceps para restringir presupuestos y por ende desmejorando
las prestaciones básicas.
En América Latina, Rusia y en
algunos pocos países más se dio un contrafenómeno a partir del nuevo siglo que
implicó un fortalecimiento de las políticas públicas, en distintos procesos y
bajo diferentes formas, aunque este movimiento ha sufrido grandes retrocesos,
como sabemos bien los argentinos.
La crisis del coronavirus y su
expansión casi inmediata a todo el globo quizás tenga un costado beneficioso:
la vuelta a la inversión pública en sistemas de salud de calidad, universales y
preparados para contingencias excepcionales, ya que es imposible pensar que las
sociedades admitan más recortes y/o privatizaciones en estos tópicos; la
confesión de Macron –un tecnócrata neoliberal- no hace otra cosa que reafirmar
esta hipótesis.
Con la crisis económica que se
avecina, muchas corporaciones quedarán expuestas a grandes deudas (petroleras, compañías
de aviación, turismo, entretenimiento, etc) y reclamarán ayuda del sistema
bancario que a su vez pedirá fondos a los bancos centrales. Es esperable que
las sociedades que fueron afectadas por el colapso de su sistema de salud
reclamen que debe atenderse prioritariamente el fortalecimiento de éste y no
ayudar a empresas que tienen buena parte de sus ganancias en guaridas fiscales.
Sería una batalla ganada muy
importante en la Guerra Mundial que estamos padeciendo.
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